Los masculinos ojos del Estado

Desde la acera de enfrente María Galindo

Ha llegado el momento del censador y aunque se trata de un jovencito que no pasa los 20 años, la sesión con él será de gran ritualidad porque es el portador de los ojos del Estado, por eso no deja de provocar desconfianza y cierto aire de inseguridad.

La situación la manejará el hombre de la casa asumiendo ese lugar que el censo mismo le otorgó, que es el de “jefe de familia”, aunque de jefe no tiene nada porque su permanente ausencia afectiva, su desconocimiento de la mayor parte de los datos de la familia y el mínimo porcentaje que aporta al sostenimiento cotidiano lo colocarían en un lugar subalterno que toda la familia se dedica a ocultar socapando el hecho de que él se presente como comandante del grupo familiar. Primer dato errado. Pero además, ¿por qué debería haber siempre un jefe o jefa en un hogar? ¿Por qué aplicar a la familia las categorías jerárquicas del ejército o del Estado? Justamente porque cuando hablamos de censo estamos hablando de la mirada de los ojos masculinos del Estado.

La jefa de hogar se entenderá entonces como la mujer que mal ocupa el lugar del hombre en la familia, como la suplente, como la que ante la carencia de él asume ese lugar y así nos contarán una vez más bajo la arcaica y decadente mirada patriarcal.

Se preguntará sobre la casa, el material de las paredes y el equipamiento, pero no sobre el endeudamiento que todo ese equipamiento ha representado en nuestras vidas. La deuda que arrastramos como mecanismo social masivo para el consumo y acceso a tecnología o vivienda es algo que no le ha interesado tampoco registrar al Estado.

Aquellos exiliados y exiliadas de la economía boliviana que se fueron de emigrantes porque acá no hallaron modo de sobrevivir serán contabilizados pero no sabremos cuántas de esas personas son hombres o mujeres y tampoco sabremos si se fueron por deudas, por trabajo o huyendo de la insostenible violencia machista.

Se nos pregunta cómo eliminamos la basura y reconozco que es un dato muy importante, pero no sabremos cuántos abortos ha tenido cada mujer de la familia. ¿Acaso ese dato no es tan o más vital para la sociedad que el conocimiento en torno de la basura?

En la sociedad boliviana sabemos que existe de manera muy vasta la bigamia masculina; un hombre puede tener hijos en dos y hasta en tres parejas, pero ese dato tampoco le importa al Estado porque supondría cambiar el concepto de familia, poner en cuestión la paternidad y revolver un avispero que pondría en cuestión el lugar de los hombres en la sociedad. Por eso los ojos masculinos del Estado se limitaron a contabilizar a los hijos e hijas por mujer.

El trabajo doméstico quedó expulsado de la condición de trabajo, manteniendo una vez más el trabajo que está asignado y sobre las espaldas de las mujeres como “labores de casa”. Tampoco se preguntó cómo se reparten esas labores, ni quién las realiza principalmente, aunque de esto dependa el uso del tiempo libre, la posibilidad de estudiar, la salud de la persona o inclusive el hecho de que una persona y siempre la mujer esté sujeta a una doble jornada de trabajo.

Ustedes se preguntarán por qué hablo de esto exactamente un día antes del censo y cuando es irremediable. Lo hago solamente para evidenciar el insalvable abismo que existe entre el debate actual y las conceptualizaciones que desde el Estado vienen y el universo de las mujeres como personas que realmente contamos en la sociedad. Lo que pasará mañana es que una vez más no contamos, sino como aparato reproductor y nada más.

María Galindo
es miembro de Mujeres Creando.

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