Desde la Tierra: Mujeres

14.11.2011 Lupe Cajías. Mujeres. De Atenas, de Esparta. Troyanas, también las romanas. Palestinas, Susana, Verónica, María, la Magdalena, la Marta hacendosa, su hermana contemplativa. Mujeres. Las de la Coronilla, la Vicenta y la Úrsula, la Juana, las rabonas de la guerra por el salitre, las enfermeras en el infierno verde, las floristas, las milicianas, las mineras, las del comité de amas de casa, las huelguistas, las palliris.  Mujeres de verdad. Ahora ellas, sus herederas, las marchistas. Sin maquillaje, sin cabello enrulado, sin lentes de sol, sin sombrillas. Mujeres de melena al viento, de traje delgado, de sandalias de goma, de sombrero trenzado. Mujeres quemadas por el sol y por el frío, por la selva del origen, por la montaña de la Cumbre. Mujeres. Mujeres madres. Madres de dos, de tres, de cuatro hijos. La crespa, la jovencita, la mamá de los gemelitos y la mamá de la guaguita muerta. Descalzas y ricas; humildes y dueñas del bosque, de sus sonidos, de sus arroyos, de su floresta. Mujeres con bolsos tejidos a mano, gastados, útiles, suficientes. Mujeres de coraje. Las primeras en la larga columna desde el monte. La porta estandarte con sus años a cuestas, con la nostalgia por la hija que queda a cuidar la casa. Mujeres. La que cosió la bandera blanca, la que escondió la bandera tricolor. Mujeres. La que doblaba cada noche ese pedazo de tela para esconderlo de las polillas y de los barros, de los asaltos y de los golpes bajos. Mujeres. Las agotadas. Las que se enojaron, las que rodearon al enviado especial y le dijeron que camine con ellas, que sepa el rigor de la espera, de la falta de agua, de los pies agotados, de la ropa sucia, de la carpa inundada, del ánimo agitado por las amenazas de los del frente. Las de la resistencia. Las que no confrontan, las que no insultaron, las guerreras de la paz. Mujeres. Las que defendieron su honor y su decoro personal. Las que no callaron frente a las groserías. Las que respondieron. No las otras mujeres, las del poder efímero, las que se rieron: “es un solo un chiste”, comentaron cuando el primer funcionario público salpicó ofensas. No las reunidas en taller de hotel para hablar de los hombres “patriarcas” sin nombrar a las mujeres amordazadas con cinta scotch. Mujeres. Las de verdad verdadera. Las que nos enseñaron que el vocablo dignidad tiene sentido, que no son letras muertas cuando nombramos solidaridad, fraternidad, hospitalidad, respeto, libertad, amor. Mujeres de una humanidad más humana. Sus brazos abiertos, sus manos extendidas. Mujeres del cantar más dulce. Y la entrada triunfal. Troyanas, espartanas, rabonas. Y los aplausos y las miles de banderitas al viento y los cientos de miles de brazos y los infinitos besos. Y las lágrimas. Las que fabricaron puentes invisibles para unirse con las otras mujeres, las urbanas: las abuelitas, las madres y secretarias, las maestras y las pupilas, las floristas y las dulceras. Porque sobre todo fueron mujeres las que llenaron las calles y la plaza. No importa lo que pase mañana, lo que digan los nuevos poderosos. Ellas ganaron a la maldad. Quizá un solo instante, un momento que nadie olvidar

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